En esa época yo llevaba la ropa al lavadero, una o dos veces por semana, dependiendo de la semana. El lavadero lo atendían tres chicas. PAra ser más exacto: una era la dueña, otra era la empleada, y otra era la chica del delivery.
Ninguna de las tres estaba buena. Sin embargo, en ese barrio, creo que oy era lo más joven en kilómetros a la redonda, junto con ellas (la empleada era un poco más grande). Durante tres años fue sólo eso, con buena onda, y chistes, y un trato especial (le ponían más suavizante, me doblaban las camisas, y me cuidaban bien los pulóveres).
En esos momentos que todos tenemos, tenía imágenes en las que me las cogía a las tres, casi para hacerles un favor. Pero eso nunca pasó.
Pero un día, sin querer, bajé sin el dinero para pagarle a la chica del delivery. De ebtrecasa como estaba le pedí disculpas, y le dije que me esperara, que ya le bajaba el dinero, o que subiera un toque, y le daba, total estaba la puerta de abajo abieerta porque estaba la encargada. Después de tres años de mirar con ganas el tremendo par de tetas que tenía, era lógico que pasara lo mismo en el ascensor. No sé qué pasó en ese ascensor, realmente, pero para cuando llegamos arriba, era un quilombo. Yo la hice pasar, fui a la pieza a buscar el dinero, y cuando volví, estaba convencido que me garchaba ahí nomás.
Fueron apenas unos besos, mucho frenesí, y bien rápido. Forcejeamos un poco, y en seguida estábamos con la ropa por los tobillos, ella en el borde del sillón, yo parado, o algo así. Cuando me salí para buscar un forro, me dijo que no. Me hizo una buena tirada de goma (no muy buena realmente, pero en el momento, sirvió), me pidió que le acabe en las tetas, y después tiró la de película porno, frotándose. Después yo hice un chiste, algo con el dinero y el delivery, y ella se fue con una sonrisa igual que la mía. Nunca volvimos a mencionarlo, ni estuvo cerca de volver a suceder.
El día anterior a mudarme, un viernes, pasé a buscar la ropa des´pués del trabajo (algo poco habitual, pero necesitaba tener todo listo a la mañana siguiente). Era tarde, y había bastante gente que, se ve, quería su ropa el viernes, no el sábado. Estaba la dueña sola, y la gente, que iba y venía. Le dije que me iba, que me mudaba. Me dijo que qué loco, que yo había el cliente más fiel que había tenido, que llegué al toque que habían abierto, y que ahora, que les iba mejor, yo me iba. Eso, y etc y etc, y nos pusimos a hablar, tal vez para tratar de compensar en un ratito todo lo que pudimos haber conversado en cachitos en esos años, pero no habíamos podidos , por quien sabe qué motivo.
En determinado moento llegó la hora, y mientras hablábamos, me dijo que iba a bajar la persiana, porque si no iba a seguir viniendo gente, y que así podíamos hablar tranquilos. Bajó la persiana, y hablamos un poco más, de cosas de la vida, y realmente fue una conversación muy linda, como la que podríamos haber tenido antes, pero no habíamos tenido, porque yo vivía apurado, y ella, supongo, también, entre ropas para lavar, para entregar, para planchar, etc.
Y fue mientras hablábamos que ella me dijo que si la disculpaba, que quería poner algunas coasa a lavar mientras hablábamos, para ganar tiempo, y se puso a cargar algo de ropa en algunas máquinas, y seguimos hablando, y de golpe no sé si fue la hora, o el hecho de que me estuviera mudando, o que habíamos estado un buen rato solos ahí, con la persiana baja, o que era un viernes, pero lo cierto qes que se agachó a poner ropa en una máquina, y yo, que nunca lo habría hecho, sentí un impuslo extrañísimo de culearmela.
La agarré así como estaba, por detrás, y pienso hoy que fue una locura, pero en el momento pareció lo más natural del mundo. Y de hecho, paraece que también lo fue para ella, que con toda naturalidad se dio vuelta, entregada, con cara de que siempre lo había estado esperando (y yo nunca me había enterado) y garchamos como bestias entre la ropa sucia, la ropa limpia, las máquinas, los canastos, el jabín y el suavizante. Volaron prendas y productos, como en las películas baratas (y ahora que lo pienso, ha de haber sido bastante bizarro).
Después de dos polvos muy cargados, se rompió el hechizo. Que en fin, que me tenía que ir. Y ella, que tenía que terminar con los lavados, a ver si podía dormir algo, quevivía lejos, y al otro día arrancaba temprano. Le di un beso en la mejilla, le deseé lo mejor, y me fui. Y no la vi nunca más. Todavía.
