Andrés había tomado todo lo que pudo. Todo lo que pudimos, en realidad. Era su despedida de soltero, y estaba obligado a tomar todo lo que le pusimos adelante.
Llegado el momento, mientras él se quedaba sólo en la cocina, esposado a la reja que daba al patio del PH, algunos fueron a buscar a la mina con la que habían arreglado.
Nada más que la chica no estaba donde debía estar, no se la podía encontrar, y andaban con el auto dando vueltas, y alguien, alguien malo que nunca falta, sugirió que le llevaran un traba. La idea, obvio, pegó en seguida.
Fueron a buscar al traba, consiguieron uno muy lindo/a, que además tenía buena onda y estaba dispuesto/a a subirse al auto, viajar unos minutos, y despedirle la soltería a Andrés.
Cuando llegan los chicos con el traba, Andrés seguía en la cocina, esposado, gritando barbaridades, y bastante inquieto. Salimos todos entonces, a mirar por la ventana que daba a la calle, qué pasaba entre los dos en la cocina.
Andrés, que tenía el pedo del siglo, y sabía que le habíamos ido a buscar una mina, estuvo un buen rato disfrutando de la chica que lo meneaba, lo frotaba, lo acariciaba, lo besaba, lo lamía… Hasta que no aguantó más, y entre la sarta de groserías que le decía, le grita, a una chica: “Bueno, ya está, pará, dejate de joder y cogeme!”
A lo que la chica responde, de vistas a la ventana colmada de amigos que se cagaban de risa: “Si quiere me lo cojo, eh? Todo bien..!”
No, pero no, por suerte, no: “No, no, no te zarpes!” gritó uno de los más taxativos. Y a hí se ve que una neurona de Andrés empezó a pensar que algo pasaba… “Che, qué manos randes que tenés..” dijo, pero duró poco: a los tres minutos se garchaba al traba, sin ni un problema. Le encantó.
